EL OGRO QUE AMENAZA PERSIA

Trump habla de esta noche. Dice que va a hacer desaparecer una civilización. El ogro sifilítico en el trono de porcelana dorada. El heraldo de la sinagoga satánica con corbata roja hasta la entrepierna y el pelo del color del dinero manoseado. Ahriman encarnado, Nerón sin arpa, habla de esta noche. Está deseando hacer cantar su esfinter cuando Ispahan empiece a arder y extienda sus llamas al mundo. En la cosmología de Zaratustra, Ahriman es el principio del mal absoluto, la fuerza de la oscuridad y la mentira que combate eternamente contra Ahura Mazda, el señor de la luz sabia. La batalla es cósmica y también es concreta, también ocurre en los cuerpos y en las decisiones de los hombres, también se libra en cada momento en que alguien elige entre la verdad y la mentira, entre la generosidad y el despojo, entre el fuego que ilumina y el fuego que arrasa. El avatar de Ahriman amenaza con apagar el fuego de Ahura Mazda. Lo ha hecho antes. Lo hacen siempre. Es su función en el drama cósmico: aparecer con suficiente poder y suficiente descaro para que los hombres crean por un momento que la oscuridad gana. Que esta vez es diferente. Que esta vez el ogro tiene razón y el mundo debe reorganizarse alrededor de su capricho y su miedo y su sífilis espiritual que lleva décadas royendo lo que debería haber sido pensamiento y ha quedado en reflejo puro, en instinto de depredador viejo que ya no puede cazar y manda a los jóvenes a hacerlo en su nombre mientras él se queda en la retaguardia acunando niñas robadas a sus padres. Es la siempre presente Republica de Salo. La oscura Carcosa. Zaratustra vuelve. Zaratustra baja de la montaña cuando el mundo ha llegado a un punto de podredumbre que ya no admite silencio contemplativo. Baja y clama en el desierto. Y esta vez en el desierto hay millones. La Espartaquiada. Espartaco era un tracio, un hombre del margen del Camino, un esclavo al que Roma había convertido en gladiador para que matara a otros esclavos ante el aplauso de los ciudadanos libres. Decidió que prefería morir luchando a vivir matando para el entretenimiento de quienes lo habían encadenado. Setenta hombres salieron con él del ludus de Capua en el año 73 antes de Cristo. En dos años eran más de cien mil. Recorrieron Italia de sur a norte y de norte a sur durante dos años con una libertad que el Imperio tardó en aplastar porque nadie había calculado que los desheredados podían organizarse con esa velocidad y esa rabia y esa alegría particular de los que por primera vez en su vida tienen algo que defender. Los crucificaron a todos en la Vía Apia. Seis mil cruces entre Capua y Roma. El Imperio quería que el mensaje fuera visible durante el mayor tiempo posible. El mensaje que los seis mil enviaban era otro: habían vivido libres durante dos años. Habían comido en la mesa de los que antes los despreciaban. Habían dormido bajo el cielo sin que nadie decidiera por ellos cuándo levantarse. Dos años. Algunos mueren por menos. Algunos llevan muertos años. Algunos no han vivido nuca. Solo ruego una cosa. Que cuando la catrina venga a buscarme me encuentre bien vivo.
Los desheredados de la tierra se levantan esta noche mientras el avatar de Ahriman pronuncia su amenaza de extinción civilizatoria con la boca llena de esa retórica del hombre fuerte que Umberto Eco describió en catorce puntos hace treinta años y que desde entonces se ha cumplido con una puntualidad que asusta. Bienaventurados los desheredados. No por el sufrimiento, que no tiene en sí mismo ninguna virtud. Por lo que saben que los que viven en los palacios dorados han olvidado: que la vida tiene un valor que ningún decreto puede confiscar, que la dignidad es anterior a cualquier constitución y sobrevive a cualquier tirano, que el fuego de Ahura Mazda arde en los lugares más improbables con obstinación. Trump dice que va a hacer desaparecer una civilización. Él, el zar de un grupo de paletos que confunden el honor con el dinero y la dignidad con el comercio. Raza de mercaderes. Fariseos. Sepulcros blanqueados. Con su ministro de la guerra al frente, borrachos de combustible fósil, sueñan con levantar el tercer templo de Israel y desatar la guerra santa que traerá el Armagedón y su mesías falso. Las civilizaciones que merecen ese nombre han sobrevivido a hombres como Trump con la indiferencia del árbol que sobrevive al hacha: perdiendo ramas, sangrando resina, y echando brotes nuevos en la primavera siguiente. Zaratustra lo sabe. Por eso baja de la montaña. Y Espartaco advierte: "Volveré y seré millones". Y ya están alineados en el desierto que lleva a las casa de Poder de la Bactria, desde donde observa el verdadero Rey del Mundo, en el desierto y reconocen en las palabras del profeta algo que llevaban tiempo esperando escuchar: que la batalla entre la luz y la oscuridad es real, que vale la pena librarla, que el tirano tiene mucho poder y muy poca luz, y que esa proporción, en el largo arco de la historia, ha resultado siempre fatal para el lacayo de la oligarquía sionista y la Ilustración Oscura. El mamporrero de los Arcontes. Bienaventurados sean los desheredados de la tierra. Porque de ellos, tarde o temprano, es el reino.

Comentarios

LO MÁS VISTO