EL AÑO DEL CABALLO, UNA VUELTA A LA ESCUELA KATORI
El Día del Carnero, el Jinkosai Katori, se celebra cada 19 de abril. Es un día singular, casi inadvertido por quienes sólo conocen a Japón por sus trenes veloces y sus luces de neón. Pero bajo ese brillo moderno subsiste un calendario más antiguo, un pulso que sigue latiendo en silencio. Ese día se recuerda algo que parece pequeño y, sin embargo, abrió una puerta inmensa: el permiso para que todos, no sólo los guerreros, pudieran montar a caballo. Fue una democratización del movimiento, una invitación a que cualquier ser humano pudiera sentir bajo su cuerpo el ritmo del animal solar que atraviesa las llanuras y abre caminos. En Katori Jingu, este recuerdo se conserva como un destello de origen, un gesto que acerca a todos al espíritu de la caballería antigua.
El caballo, en Japón, es un compañero de guerra y de trabajo. Y también es un intermediario entre mundos. Se dice que los Kami, los dioses, escuchan mejor nuestras plegarias cuando hay un caballo presente.
A Otake Nobutoshi sensei, maestro de armas de la escuela, que sostuvo a mi hijo en brazos cuando tenía tres años.
A Jacobo san, shidosha, que mantiene la llama de la escuela en Iberia.
A Eva Vázquez, nyumonsha, que me llevó a la linde de Fukushima un año después de la tragedia.
A Irokawa Noriko, secretaria del embajador de España en Japón, que me tradujo los kanjis y me dio a probar corazón de tiburón. Pero esa es otra historia.






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