EL ANTICRISTO EN ROMA

La tierra tembló en Roma ayer. El aeropuerto de Fiumicino se inundó bajo lluvias que los meteorólogos explicaron con frentes atlánticos y los augures, de haber quedado alguno, habrían explicado de otro modo. Las señales se acumulan sobre la ciudad de las siete colinas. Peter Thiel vuela hacia Roma. Antes de embarcar, envió a su protegido. El vicepresindente Vance llegó a la Casa Blanca. Llevaba instrucciones. Trump las recibió con la complacencia del hombre que cree que decide. El consolador de veinte pulgadas, cortesía de Langley, completó la visita con la eficiencia característica de las instituciones que llevan setenta años perfeccionando el gesto. Thiel despegó satisfecho. Cien invitados. Solo cien. El número tiene resonancias que un hombre de su erudición conoce bien: cien es el número de la perfección en la numerología pitagórica, el número de los elegidos en casi todas las tradiciones de iniciación que merecen ese nombre. Los cien de Thiel serán capitalistas de riesgo con vocación imperial, ideólogos de la Ilustración Oscura con traje de precio indecente, tecnócratas que han leído a Yarvin y a Schmitt y a Evola y los citan en las cenas en el momento en que se sirven los entresijos del pueblo. Habrá algún aristócrata europeo con apellido compuesto y patrimonio antiguo que busca en el technofeudismo la restauración de un orden que la Revolución le arrebató hace dos siglos y medio. Habrá algún militar retirado con acceso a cosas que los civiles no deben saber. Habrá mujeres escasas y estratégicamente colocadas. Seguramente formando un pentáculo invertido. La última vez fue París. El Louvre. Delacroix. *La Libertad guiando al pueblo* mide dos metros sesenta de alto por tres metros veinticinco de ancho. La Libertad avanza con el pecho desnudo y la bandera tricolor en alto sobre un montón de cadáveres que incluye al menos un niño. Es una pintura sobre la violencia fundacional de la democracia moderna, sobre el precio en sangre del principio de que todos los hombres nacen iguales. Delacroix la pintó en 1830 con la urgencia del que ha visto las barricadas desde la ventana y necesita fijar en tela algo que sabe que puede perderse. Colocaron a Thiel delante de ese cuadro. Vaya con los franceses. Habráse visto... El hombre que considera la democracia incompatible con la libertad, que financió la destrucción de Gawker como ejercicio de poder personal disfrazado de principio, que lleva décadas construyendo la arquitectura financiera e ideológica de lo que viene después de la república liberal, contempló a la Libertad con sus muertos a los pies y sus jacobinos a su espalda y dijo, o murmuró, o dejó caer en el aire: — Que tiemblen los jacobinos. Volveré y mi venganza será terrible. Terrible. La palabra favorita de los que han leído demasiado a Burke y demasiado poco a los que Burke miraba desde arriba. Roma lo espera. Llegaron los godos y los vándalos y los normandos y los lansquenetes de Carlos V que la saquearon en 1527 con una ferocidad que hizo llorar al propio emperador cuando le llegaron las noticias. Llegó Napoleón y se llevó lo que pudo. Llegaron los turistas americanos del siglo XX con sus cámaras y sus dólares y su convicción de que la historia es un parque temático especialmente bien conservado. Ahora llega Thiel con sus cien elegidos y sus conferencias exclusivas y su proyecto de reemplazar la soberanía popular con la eficiencia del fundador, la democracia deliberativa con el criterio del hombre excepcional que ve más lejos que la masa y por tanto tiene el derecho, casi el deber, de prescindir de su consentimiento. En Roma, curiosamente, eso tiene nombre. Lo tuvo siempre. Los romanos lo llamaron dictadura en sus versiones de emergencia y tiranía en sus versiones permanentes y lo combatieron durante cinco siglos de república con una ferocidad institucional que al final cedió ante el peso de un solo hombre con suficiente ejército a su espalda. César cruzó el Rubicón un enero del año 49 antes de Cristo con una legión y la certeza de que las instituciones son papel mojado cuando quien las debe defender las ha vaciado de voluntad. Bruto le respondió en los idus de marzo con veintitrés puñaladas. Pero el tema de Roma, esta vez, es el Anticristo. Será en una sala cuyo nombre y ubicación sus asistentes recibirán horas antes de la conferencia —protocolo de los que temen a los miembros del Colegio Invisible y a los fotógrafos con la misma intensidad— explicará ante sus cien elegidos quién es el Anticristo en el mundo contemporáneo. Su tesis es conocida en los círculos que lo frecuentan. El Anticristo, para Thiel, es el progresismo. Los ecologistas con sus liturgias del apocalipsis climático. La ideología que aboga por oponerse al control, al orden y a la dominación natural de los capaces sobre los incapaces. La cultura de los derechos universales del hombre, esa herencia que Robespierre destilò de Rousseau y que dos siglos después infecta las universidades, los parlamentos, los organismos internacionales y las cabezas de quienes Yarvin llama, con ese desprecio suyo de entomólogo, la Catedral. Y el Vaticano y su romano Papa El Anticristo, en la cosmología de Thiel, es todo lo que se interpone entre el hombre excepcional y su derecho natural al poder. Hay que reconocerle la coherencia. Es una teología completa, con su escatología, su eclesiología y su cristología invertida. Tiene la arquitectura de los grandes sistemas heréticos: parte de una verdad reconocible —el progresismo tiene sus dogmas, sus inquisidores, sus hogueras simbólicas— y la lleva hasta una conclusión que la verdad original no contenía y que solo funciona si se acepta la premisa de que hay hombres que valen más que otros y que ese valor les otorga prerrogativas que la democracia, con su aritmética igualitaria, les niega perversamente. El príncipe de las tinieblas, recuérdese, es siempre un caballero. Thiel huele a azufre con la discreción del que usa el mejor perfumista de París. Nació en Frankfurt en 1967 —Alemania, naturalmente, ese país que produce con periodicidad perturbadora hombres convencidos de que la historia tiene una dirección y que ellos la conocen. Si el destino hubiera sido más irónico todavía, habría nacido en el edificio Dakota de Nueva York, ese edificio de apartamentos en el Upper West Side donde Rosemary tuvo a su bebé y donde John Lennon murió en la entrada una noche de diciembre que el mundo recuerda como el fin de algo que no ha regresado del todo. El Dakota tiene esa cualidad de los lugares que acumulan densidad simbólica con la pasividad de los imanes. Thiel en el Dakota habría sido demasiado. El universo tiene sus límites estéticos. Llega a Roma con escolta de diez hombres dividida en dos cuerpos que dicen algo sobre su cosmología de la lealtad. Cuatro guardaespaldas yakuza y seis chechenos despatillados con las barbas de Acab. Barbas que han visto las montañas del Cáucaso y dos guerras y cosas para las que los idiomas europeos no tienen vocabulario preciso. Diez hombres. Cuatro disciplinas de Oriente. Seis montañas del Cáucaso. El número de los apóstoles menos dos —los que se perdieron por el camino, Judas y el hueco que dejó. El Tíber baja turbio y rápido, como baja siempre cuando el cielo ha descargado sobre los Apeninos. Las calles del centro huelen a piedra mojada y a ese particular olor romano de la historia sedimentada en capas que el agua saca a la superficie. En las catacumbas de San Calixto, a tres kilómetros de donde Thiel pronunciará su conferencia, duermen los huesos de dieciséis papas y de cientos de miles de cristianos que murieron por una fe que comenzó como herejía judía en una provincia menor del Imperio. Murieron precisamente por negarse a aceptar que el orden, el control y la dominación de los capaces sobre los incapaces era la estructura natural e irrevocable del mundo. Murieron por insistir en que había algo más valioso que el Imperio, algo que el Imperio no podía comprar ni vender ni confiscar. Thiel pasará por encima de esos huesos sin saberlo. O sabiéndolo. La señal más segura de la presencia del Anticristo, enseña la tradición que él invoca, es que llega con el dedo extendido hacia otro. Que nombra con precisión lo que dice combatir. Que construye una imagen del mal tan elaborada y tan convincente que nadie mira al que la construye. El Anticristo, en todas las tradiciones que lo describen, llega como redentor. Llega con soluciones. Con certezas. Con la promesa de restaurar un orden que el caos moderno ha corrompido. Llega con guardaespaldas y con conferencias exclusivas y con la retórica del hombre excepcional que ha visto lo que los demás no ven y carga con el peso de ese conocimiento con la resignación del que sabe que la grandeza tiene sus obligaciones. Llega, en definitiva, exactamente como Peter Thiel llega a Roma esta semana. El príncipe de las tinieblas es siempre un caballero. Huele discretamente a azufre. Tiene los modales del que ha sido educado en las mejores escuelas. Habla con la calma del que no necesita levantar la voz porque las palabras le obedecen. Y señala, con el índice extendido hacia el Anticristo. Para que nadie mire sus manos. Joder, es el truco más viejo del ilusionista...
Thiel viaja a Roma. Y yo también.

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