CAMINAR ENTRE TUMBAS
Me gusta la paz de los camposantos. Busco la bendición, la baraka, que flota en el ambiente. Visito regularmente el cementerio de Santa María Magdalena en Mortlake, Londres, donde reposa el capitán Burton. Y el de San Isidro en Cuenca, España, lugar de descanso del pintor Fernando Zóbel. Otras visitas obligadas son la zauia de Moulay as-Salim ibn Mashih, en la región del Rif, cerca de Tánger, las tumbas de los 47 ronin en Tokio, y la tumba de María Zambrano en el cementerio de Vélez-Málaga.
Los cementerios son umbrales. Lugares donde el velo entre los mundos se adelgaza hasta volverse transparente. Allí, el tiempo cambia de naturaleza. Deja de fluir hacia adelante y se expande en todas direcciones, como el agua cuando rompe el dique. El pasado respira junto al presente. Los muertos conversan con los vivos en el lenguaje silencioso de las piedras.
Entro en un camposanto como quien entra en un templo. Busco algo que el mundo ordinario ha olvidado: la presencia de lo sagrado en la quietud absoluta. Porque los cementerios son los últimos santuarios donde todavía es posible el recogimiento verdadero. Donde el alma puede posarse como un pájaro cansado sobre la rama del silencio.
La baraka es real. Quienes han peregrinado a las tumbas de los santos lo saben. Es una bendición que emana de la tierra misma donde reposan los que vivieron cerca de Dios. Una emanación sutil que los sentidos ordinarios perciben, pero que el corazón reconoce de inmediato. Como el perfume que persiste después de que la flor se ha marchitado. Como la luz que permanece en la habitación cuando ya se ha apagado la vela.
En Mortlake, frente a la tumba de Richard Francis Burton, siento la presencia del gran aventurero, del traductor de Las Mil y Una Noches, del hombre que entró disfrazado en La Meca y regresó para contarlo. Su espíritu inquieto parece vagar todavía entre las lápidas cubiertas de musgo. Imagino sus inmensos bigotes herrados, sus ojos penetrantes que hablaban veintinueve idiomas, su sed insaciable de conocimiento. Allí reposa junto a su esposa Isabel en una tumba con forma de tienda beduina, como si incluso en la muerte siguiera acampando bajo las estrellas del desierto.
Burton buscó toda su vida el secreto de la transmutación interior. Viajó por África, Arabia, India, las Américas. Estudió el sufismo, el tantra, la cábala, las prácticas de los fakires. Tradujo el Kama Sutra y el jardín perfumado. Fue iniciado en sociedades secretas. Y al final de su vida comprendió que el viaje más largo es el que va del corazón a la cabeza. Que la alquimia suprema ocurre en el interior del buscador.
Cuando visito su tumba, le hablo en silencio. Le cuento de mis propios viajes, de las búsquedas que continúan después de su partida. Y siento que él escucha, que aprueba, que bendice con esa sonrisa irónica de quien ha visto demasiado para sorprenderse de nada.
En Cuenca, el cementerio de San Isidro se alza sobre una colina desde la que se contempla toda la ciudad colgada. Las casas pintadas de colores, las hoces del Júcar y del Huécar, el cielo de Castilla inmenso y azul. Allí descansa Fernando Zóbel, el pintor filipino que enamorado de la luz española fundó el Museo de Arte Abstracto en las entrañas de una casa colgante.
Zóbel pintaba el agua. O más bien, pintaba la esencia del agua: su transparencia, su fluidez, su capacidad de reflejar y disolver. Sus cuadros son meditaciones sobre el vacío lleno, sobre la presencia de lo invisible. Largos trazos horizontales que recorren el lienzo como ríos, como nubes, como el trazo del pincel zen sobre el papel de arroz.
Frente a su tumba, comprendo que pintaba lo mismo que buscaban los místicos: la disolución del yo en el océano de la realidad. Cada cuadro era un ejercicio espiritual, una práctica de vaciamiento. Y ahora él mismo se ha disuelto, se ha fundido con esa luz de Castilla que tanto amó. Pero su obra permanece como testimonio de que es posible capturar lo inefable, de que el arte puede ser un camino hacia lo absoluto.
La zauia de Moulay as-Salim ibn Mashih, en las montañas del Rif, es de otra naturaleza. Allí la baraka es tan intensa que se puede casi tocar. Los peregrinos vienen de toda la región a buscar la bendición del santo. Atan tiras de tela a los árboles cercanos, hacen votos, rezan en voz baja. El aire mismo parece vibrar con una frecuencia diferente.
Moulay as-Salim fue un maestro sufí del siglo XVII. Se dice que poseía el don de la percepción directa, que podía leer en los corazones como en libros abiertos. Vivió en pobreza extrema, rechazando todos los honores que los poderosos le ofrecían. Su única riqueza era el dhikr, la remembranza constante de Dios. Sentado en su cueva, repitiendo durante horas el nombre divino, hasta que el nombre y el nombrado se fundían en una sola realidad.
Cuando visito su tumba, me siento a meditar. Repito en silencio el nombre de Allah, dejando que las sílabas se disuelvan en el espacio interior. Y siento cómo la presencia del santo me acompaña, cómo su baraka desciende como una lluvia invisible que purifica y bendice. Los sufíes dicen que los santos auténticos continúan enseñando después de la muerte, que sus tumbas son puertas abiertas hacia lo invisible.
En Tokio, el templo Sengaku-ji guarda las tumbas de los 47 ronin. La historia es conocida: samuráis que vengaron la muerte de su señor y luego se hicieron el seppuku según ordenaba el código del bushido. Lealtad llevada hasta sus últimas consecuencias. Honor que trasciende la vida misma.
Cada año, el 14 de diciembre, miles de japoneses peregrinan al templo para honrar a los 47. Encienden incienso, dejan ofrendas de sake, se inclinan ante las lápidas. Porque estos hombres representan algo que el mundo moderno ha perdido: la fidelidad absoluta a un principio, la disposición a sacrificarlo todo por lo que se considera sagrado.
Cuando visito sus tumbas, pienso en el concepto japonés de giri, el deber que trasciende las preferencias personales. Pienso en cómo estos hombres esperaron pacientemente durante años el momento adecuado para actuar. Cómo simularon ser comerciantes, borrachos, hombres rotos, mientras en secreto preparaban la venganza. Y cómo, una vez cumplida su misión, se entregaron voluntariamente a la muerte con la misma serenidad con la que un monje entra en meditación.
Hay algo en esa historia que conmueve una fibra profunda del alma humana. Algo que recuerda que la vida ordinaria, con sus compromisos y sus comodidades, es apenas la superficie. Que existe una dimensión heroica de la existencia donde lo que está en juego es infinitamente más importante que la supervivencia del cuerpo.
Y finalmente, Vélez-Málaga. El cementerio donde reposa María Zambrano, la filósofa de la razón poética. Exiliada durante décadas, peregrina del pensamiento, buscadora de una filosofía que integrara la razón y el corazón, el logos y el pathos.
Zambrano comprendió que el racionalismo occidental había mutilado al ser humano. Que al privilegiar exclusivamente el pensamiento abstracto, había perdido el contacto con las raíces más profundas de la vida. Propuso una razón poética, una forma de conocimiento que fuera simultáneamente rigurosa y lírica, conceptual y simbólica.
Escribió sobre el exilio, sobre la aurora, sobre los sueños. Dialogó con los místicos españoles, con los presocráticos, con los poetas. Vivió en Roma, en París, en La Habana, siempre con las maletas a medio hacer, siempre esperando el momento de regresar a España. Y cuando finalmente regresó, era ya una anciana. Pero su pensamiento había alcanzado una madurez solar, una sabiduría que solo se obtiene atravesando todos los inviernos.
Frente a su tumba, recuerdo sus palabras: "El corazón tiene razones que la razón desconoce." Pero también razones que la razón puede conocer si se vuelve poética, si se abre a la intuición, si aprende a escuchar los susurros del alma. Su obra entera es un puente tendido entre dos orillas que la modernidad había separado: el pensamiento y la vida, la filosofía y la poesía, Atenas y Jerusalén.
Todos estos cementerios son lugares de poder. Puntos en el mapa donde la tierra se carga de una energía particular debido a quienes allí reposan. Los antiguos lo sabían. Por eso elegían cuidadosamente dónde enterrar a sus muertos. Por eso levantaban túmulos sobre las tumbas de los héroes, templos sobre las sepulturas de los santos.
Porque la muerte transforma. El que ha vivido intensamente, el que ha buscado la verdad, el que ha amado sin reservas, impregna con su presencia el lugar donde su cuerpo regresa a la tierra. Y esa impregnación perdura. Siglos después, milenios después, el peregrino que visita la tumba puede todavía percibir el eco de esa vida extraordinaria.
Los cementerios me enseñan la impermanencia. Todas esas lápidas son recordatorios de que esto también pasará. Que el cuerpo que ahora camina entre las tumbas un día yacerá bajo una. Que todo lo que amamos, todo lo que construimos, todo lo que tememos perder, es efímero como el rocío de la mañana.
Pero también me enseñan la permanencia. Porque aunque los cuerpos se disuelven, algo permanece. El espíritu de Burton sigue inspirando a los buscadores. La luz de Zóbel sigue brillando en sus cuadros. La lealtad de los 47 ronin sigue conmoviendo los corazones. La sabiduría de Zambrano sigue iluminando las mentes. La baraka de Moulay as-Salim sigue bendiciendo a los peregrinos.
La muerte es un tránsito, una transformación. El gusano que se convierte en mariposa. La semilla que se pudre en la tierra para que nazca el árbol. El alquimista que atraviesa la nigredo para alcanzar la rubedo. El iniciado que muere al hombre viejo para renacer como hombre nuevo.
En los cementerios siento la presencia de los ancestros. Esa nube de testigos que nos observa desde el otro lado del velo. Los que caminaron antes por este sendero. Los que enfrentaron las mismas preguntas, las mismas dudas, los mismos miedos. Y encontraron, cada uno a su manera, respuestas que dejaron grabadas en piedra, en libros, en obras de arte, en vidas ejemplares.
Camino entre las tumbas como quien camina por una biblioteca. Cada lápida es un libro. Algunas apenas tienen escrito el nombre y las fechas. Otras cuentan historias: "Amado esposo", "Madre abnegada", "Héroe de guerra", "Poeta olvidado". Cada vida fue un universo completo, con sus alegrías y sus penas, sus triunfos y sus fracasos, sus momentos de luz y sus noches oscuras.
Y todas esas vidas se han apagado. Como velas. Como estrellas. Pero dejaron algo. Una huella en la tierra. Un recuerdo en los corazones. Una influencia que continúa propagándose como las ondas en el estanque después de que la piedra se ha hundido.
Los cementerios son jardines de la memoria. Allí cultivamos el recuerdo de los que amamos. Llevamos flores, encendemos velas, pronunciamos oraciones. Estos gestos sencillos son rituales ancestrales. Formas de mantener vivo el vínculo con los muertos. Porque los muertos viven mientras los recordamos. Mueren la segunda muerte, la definitiva, cuando el último que los conoció desaparece también.
Por eso es importante visitar las tumbas. Pronunciar los nombres olvidados. Limpiar las lápidas cubiertas de musgo. Contar las historias que se están perdiendo. Somos guardianes de la memoria. Eslabones de una cadena que se remonta al origen de los tiempos y se extiende hacia un futuro que todavía existe.
Cuando salgo de un cementerio, me siento renovado. Como si hubiera bebido de una fuente secreta. Como si hubiera recibido una transmisión invisible. Los muertos me han recordado que estoy vivo. Que este momento presente es precioso. Que cada respiración es un regalo. Que la vida, por dolorosa que a veces sea, es infinitamente preferible a su ausencia.
Y también me han recordado que debo vivir de tal manera que mi tumba también sea un lugar de poder. Que mi vida deje una huella que valga la pena recordar. Que cuando llegue mi hora, pueda partir en paz, sabiendo que he intentado vivir con honor, con belleza, con amor.
Y regreso una y otra vez. A Mortlake, a Cuenca, al Rif, a Tokio, a Vélez-Málaga. Y a tantos otros lugares donde reposan los que admiro. Busco su baraka. Su bendición. Su compañía silenciosa. Y siempre encuentro lo que busco.
Paz a los muertos. Luz a sus almas. Baraka sobre sus tumbas. Y gracias por recordarnos, con su silencio elocuente, que la vida es un préstamo que debemos devolver con intereses. Que el tiempo es limitado. Que la obra debe completarse antes de que caiga la noche.
Amén.






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