EN LA VIDA REAL SIEMPRE GANAN LOS MALOS



 Ese invierno hacía mucho frío en París.
No me gustan las ciudades donde no se ven gatos por las calles. En París me hice amigo de muchos gatos.
Entrenábamos en el viejo dojo de la rue Fontenay. Por la mañana recogíamos los sacos del tatami donde habíamos dormido y corríamos golpeándonos los brazos a la ducha caliente para que nuestras manos fueran capaces de asir las espadas de madera. Nuestro instructor J.P. Blond, alumno directo de Michel Coquet, siempre cerraba la clase con una finta y una chanza que despertaba la risa, y su arma, que había buscado cuellos y cabezas con tino, se volvía mansa. Aprendíamos el arte samurai de la escuela Katori Shinto Ryu, la tradición caballeresca más antigua de Japón
Cuando disponía de un rato libre me gustaba correr a la Closerie des Lilas. En este café se podía recordar a los últimos poetas malditos sin dejar de oler a café negro, el bálsamo de antes del combate: Mallarmé, Pierre Louys, Apollinaire...Y leer a Camus. Descubrí aquí que el Mediterráneo no es un mar sino un estado de ánimo. Y que no se puede vestir la rebeldía de este escritor y luego calzarse un culotte o irse a jugar al paddel. Seamos serios, por favor.
Frente a las vidrieras tintadas de moka y ajenjo, en la calle, se podía ver la estatua del mariscal Ney. Como la luz tamizada de las lámparas rojas me velaba los ojos, la estatua se difuminaba y yo me imaginaba al mariscal con la cara de J.P. Blond, enorme, envuelto en un capote de pieles de oso, fiero, con el acero en la mano. Michel Ney es uno de mis héroes míticos. En Smolensk recibió un balazo en la cara pero quince días más tarde ya se distinguía en Borodino. En la retirada de Rusia siempre iba  en retaguardia, dispuesto a salvar hasta el último de sus hombres, un ejército hambriento de sombras y esqueletos vivientes. La compañía blanca, los pálidos jinetes sin caballos. Napoleón le llamaba " El más bravo entre los bravos." Tan audaz como para ser un mal jugador de ajedrez y ordenar imposibles cargas de caballería en batallas perdidas. ¿ Por qué en la vida real siempre ganan los malos ?  Como Héctor en Troya, como Alcibíades de Atenas en Frigia, como Byron en Missolonghi, como Wilde en Reading, como el Bradomín de Valle Inclán en todas partes.
Después de la caída de Napoleón el mariscal no quiso huir de Francia. Sin uniforme y refugiado en un pueblo, pero sin desprenderse de el sable turco que el emperador le había regalado el día de su boda, fue rápidamente reconocido y condenado a vérselas con un pelotón de fusilamiento. La cámara de los pares, Chateaubriand entre ellos, no tiene piedad.
El mismo se descubrió y dió la orden de fuego. "Al corazón, soldados, al corazón. "
Pero a mi me gusta pensar que el fusilamiento de Ney fue un simulacro y que el pelotón disparó por encima de sus cabeza. Y que luego sustituyeron su cuerpo por el de un cadáver.
 Que Ney era masón y librepensador como Wellington, como Mozart, Machado o Juan Gris, y que, por eso sus compañeros de logia había orquestado aquél plan, para que el mariscal siguiera viviendo y fuera maestro de esgrima y enseñara a bailar la dansomanie en la calle Carretas de Madrid, o fuera maestro de escuela en Carolina del Sur, después de llegar a América a bordo del City of Philadelphia.
Dicen que en Ashville le llamaban "el coloradote." Quizá se había hecho al fuerte licor en la campaña de Rusia. Quizá, quién sabe...
 No sé si fue en la Closerie des Liles o en casa de un amigo que J.P.Blond estrecho mi mano con calidez fraterna y volvimos al combate.

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