VIENTOS DE GUERRA

Hace pocos siglos, reyes consumidos por la endogamia y la sífilis —literalmente dementes, con la razón comida desde adentro por el treponema— enviaban a sus súbditos a morir por un pedazo más de tierra o por un versículo de un libro dictado a un pastor de cabras en el desierto hace dos mil años. El pastor era honesto. Quizá un poco pasado de setas. Los versículos llegaron limpios. Lo que vino después corre por cuenta de quienes los heredaron. La sífilis, hay que reconocerlo, tiene su lado productivo. Van Gogh añadía ajenjo a la ecuación y miraba el sol hasta que el sol le miraba a él. Gauguin se fue a Tahití huyendo de una Europa que ya olía a lo que después sería. Los dos estaban ardiendo por dentro. Los dos dejaron en la tela algo que los hombres sanos jamás habrían encontrado. La locura, cuando viene con talento, produce obras maestras. Cuando viene con poder, produce Verdún. Ahora tenemos un mandatario poderoso. Las manchas en la piel hablan por él con una elocuencia que sus asesores de comunicación llevan meses intentando silenciar. La gonorrea resistente a los antibióticos tiene esa cualidad democrática de la putrefacción: avanza sin respetar rangos. Y junto a él, o frente a él, o detrás —las geometrías del poder contemporáneo resisten la preposición simple— tenemos iluminados con el cráneo tatuado de emblemas medievales y el cerebro literalmente fermentado por los hongos del fanatismo. Hongos que crecen en el estiércol de la certeza absoluta. Los theobros. Los acólitos de la Ilustración Oscura de Yarvin y Thiel. Hombres que han leído suficiente bosta de caballo como para armar un argumento y demasiado poco para reconocer su propio miedo dentro de él. Abominan de la democracia —demasiado lenta, demasiado torpe, demasiado igualitaria para sus estómagos— y proponen en su lugar un cuarto Reich tecnocrático, feudal, sionista en su arquitectura profunda, donde el poder migre definitivamente hacia los aristócratas de Silicon Valley. Peones del orden negro. Hombres que mandan a otros hombres a morir por un Armagedón oligofrénico mientras ellos vigilan las pantallas desde búnkeres climatizados en Nueva Zelanda. La guerra, vista desde la psicología, es una aberración con anatomía precisa. Los primates más viejos envían a morir a los jóvenes para asegurarse el mejor aporte proteínico y el acceso exclusivo a las hembras. El mecanismo tiene cuatro millones de años y funciona igual de bien con lanzas que con drones. Lo que cambia es el relato con que se lo envuelve. Antes era la gloria. Después fue la patria. Ahora es la libertad —esa palabra que los nuevos señores feudales usan para designar su propio apetito-. La iglesia exterior extiende sus tentáculos económicos con paciencia. Lleva siglos perfeccionando el gesto. Sembrando orden. Sembrando dominación. Sembrando esa tiranía blanda que se presenta como protección y que los súbditos abrazan con gratitud genuina porque han olvidado, o nunca supieron, que existía otro mundo posible. Los arcontes poseen a presidentas de comunidad. A directores de agencia. A tertulianos con corbata. Los poseen con la eficiencia discreta. Saben que el mejor títere es el que cree que se mueve solo. Hacen sangrar por la nariz a sus votantes y los votantes atribuyen la hemorragia al frío o al estrés laboral. Los incautos que no se tapan ante su hedor reciben el tratamiento reservado a los que perciben demasiado: el ridículo, la marginación, la etiqueta tranquilizadora de la paranoia. Nanobots inoculados a través de los mantras de los iluminados a sueldo. Los tambores de TikTok marcan el compás y los perros de la guerra levantan la cabeza, olisquean el aire cargado de algoritmo y odio destilado, y comienzan a desperezarse con la lentitud peligrosa de los animales grandes antes del ataque. Lo que necesitamos ahora es la copa de la compasión. Frase que suena blanda dicha así, en el aire, y que esconde dentro la cosa más difícil que un ser humano puede intentar: amar lo que le produce asco, comprender lo que le destruye, mantenerse poroso en un tiempo que premia la coraza. De aquí no salimos por las armas. Tampoco por los manifiestos. Lo que salva es el arte de aquellos sifilíticos. La mirada de Van Gogh sobre el trigal. La mano de Gauguin sobre el ocre de Tahití. La capacidad de ver el mundo con una intensidad que lo transforma. Los corazones convertidos en piedra de los monarcas de la estulticia absoluta no producen eso. Producen decretos. Producen fronteras. Producen la guerra justa, que es la más injusta de todas las guerras porque viene bendecida. Cuídate de sujetar el orinal del rey. Es un gesto pequeño, casi invisible, casi razonable en su contexto. El rey necesita el orinal. Tú estás cerca. La situación tiene su lógica. Y en esa lógica pequeña y razonable está el principio de todo lo que después resulta inexplicable. Los idus de marzo llegan siempre. Cuídate de ellos. César los conocía y caminó a su encuentro con esa mezcla de fatalismo y soberbia que es la marca del poderoso en su último acto. Lo que no sabía César —lo que nunca saben los Césares— es que el peligro verdadero llega de los amigos. De los que sostienen el orinal. De los Brutos con cara de lealtad y el puñal bajo la toga. Despierta. El tiempo del sueño cómodo ha pasado. Lo que viene después requiere los ojos abiertos y las manos limpias y la copa de la compasión llena hasta el borde, porque es lo único que no se puede falsificar, lo único que el orden negro todavía desconoce cómo replicar en sus laboratorios de silicio y miedo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy bueno.

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