TOLKIEN, EL ANILLO Y LOS SEÑORES DEL SILICIO
Tolkien escribió una epopeya sobre la corrupción del poder y eligió como héroe verdadero a un jardinero. Lo que vino después es una de las ironías más reveladoras de nuestro tiempo.
El señor de los anillos vendió ciento cincuenta millones de ejemplares. En los años setenta, los hippies y los manifestantes contra Vietnam lo abrazaron como bandera: amaba la naturaleza, desconfiaba del militarismo, celebraba la vida sencilla de la Comarca frente al páramo industrial de Mordor. Hoy sus lectores más devotos son Elon Musk, Peter Thiel y JD Vance. El mismo libro. Lectores radicalmente distintos. O más exactamente: el mismo libro leído con ojos radicalmente distintos, que es el modo en que los textos poderosos revelan a quien los sostiene.
Los primeros hackers de los años setenta habitaban las salas del Laboratorio de Inteligencia Artificial de Stanford, que llevaban nombres de lugares de la Tierra Media. Se veían como rebeldes frente al establishment corporativo representado por IBM. Como los hobbits: pequeños, excéntricos, poderosos en su modestia. Compartían listas de correo sobre ciencia ficción con la misma pasión con que compartían código. La fantasía y la tecnología nacieron juntas en ese valle californiano, alimentadas por la misma contracultura, el mismo rechazo de lo establecido, la misma fe en que un grupo de inadaptados podía cambiar el mundo.
Hoy Apple, Google, Meta y Amazon son más poderosas que IBM. Los inadaptados de entonces son los señores del mundo digital. El afecto por Tolkien pervive, pero ha mudado de piel.
Thiel, el Papa negro, lo ha leído diez veces. Ha bautizado empresas con nombres de objetos mágicos de la saga. Palantir —las piedras videntes de Saurón, aquellas que permitían ver lejos pero que corrompían irremediablemente al que las usaba— es hoy una de las empresas de análisis de datos más ligadas al complejo militar industrial americano. Trabaja con el Pentágono, con los servicios de inteligencia, con los cuerpos de seguridad de medio mundo. Anduril —la espada forjada de nuevo para Aragorn, el rey que regresa a reclamar lo que le pertenece— desarrolla inteligencia artificial para aplicaciones militares. Vance bautizó su fondo de capital riesgo Narya, como el anillo de fuego de Gandalf, ese que según la leyenda tolkieniana sirve para preservar y renovar. Bezos pagó doscientos cincuenta millones de dólares por los derechos de la historia y produjo la serie televisiva más cara jamás rodada. Musk dice que la trilogía es su libro favorito de todos los tiempos y que los héroes de Tolkien y de Asimov le enseñaron que los grandes hombres sienten el deber de salvar el mundo.
El afecto es genuino. El uso es otra cosa.
Lo que Silicon Valley encontró en Tolkien —y en Asimov, y en Heinlein— fue un vocabulario. Un relato donde héroes excepcionales asumen el destino de una civilización en crisis, derriban una clase dirigente corrupta y construyen un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo. Ese arco narrativo, trasplantado de la Tierra Media a las presentaciones de inversores, produce el empresario tecnológico como conquistador épico. Marc Andreessen lo escribió con una franqueza que merece ser citada sin paráfrasis: sus compañeros de viaje son guerreros que emprenden el Viaje del Héroe, conquistan dragones y traen el botín a casa. "Somos el depredador supremo", escribió. "El rayo trabaja para nosotros."
Tolkien describió las bombas atómicas de Hiroshima como el síntoma de la suposición más extendida y más falsa de su época: que si una cosa puede hacerse, debe hacerse. Escribió eso en 1945. Nadie en Silicon Valley parece haberlo subrayado.
La serie *Fundación* de Asimov, que Musk leyó de niño y que inspiró su proyecto marciano, narra la historia de un matemático que predice algorítmicamente el colapso de la civilización y diseña un plan para reconstruirla desde cero en otro planeta. El esquema mental es idéntico al que usan los tecnócratas de hoy para justificar su mesianismo: soy el único que ha calculado correctamente el futuro, por tanto tengo el derecho y la obligación de rehacerlo. *La luna es una cruel amante* de Heinlein añade el ingrediente libertario: colonos amantes de la libertad en rebelión contra el gobierno burocrático de la Tierra. La biblioteca de todo Silicon Valley está construida sobre esos tres pilares.
Curtis Yarvin, el ideólogo neorreaccionario que considera la democracia incompatible con la libertad y propone sustituirla por una tecnomonarquía o un director ejecutivo con poderes absolutos, se refiere a los votantes corrientes como hobbits que solo quieren asar churrascos y criar niños. Es decir: los mismos personajes que Tolkien eligió como héroes de su epopeya, los únicos capaces de destruir el anillo precisamente porque carecen de ambición suficiente para querer usarlo, Yarvin los convierte en insulto. En masa inerte. En obstáculo para el proyecto de los elegidos.
Tolkien se describía a sí mismo con orgullo como hobbit. Le gustaban los jardines, los árboles, la tierra cultivada a mano, la pipa, la comida sencilla. Detestaba la cocina francesa. Había sobrevivido a la Batalla del Somme y llevaba ese horror metido en el cuerpo para siempre. Mordor era industrial precisamente porque la industria le parecía una forma de Mordor: el paisaje de Inglaterra transformado por las fábricas, el humo, las carreteras que devoraban los campos. Saurón no era una metáfora abstracta del mal. Era la lógica del progreso sin límite, la voluntad de dominio que convierte todo lo que toca en recurso.
Su Sam Gamyi —el jardinero, el servidor fiel, el hombre sin grandeza aparente, el que carga a Frodo en los últimos metros hacia el Monte del Destino cuando todo lo demás ha fallado, cuando la voluntad y la razón y la magia ya no alcanzan— es quien salva el mundo. La trilogía termina con Sam de regreso en la Comarca, elegido alcalde, casado con Rosie, padre de trece hijos. Plantando árboles. Ese es el héroe de Tolkien. Un hombre que vuelve a casa y entierra semillas en la tierra. Los profetas iluminados de extrema derecha, mientras se erigen Gandalfs de llavero, claman por la salvación última de los hobbits. La república de Saló necisita esclavos.
La apropiación tiene una geometría constante a lo largo de la historia. Giorgia Meloni asistió de adolescente a campamentos hobbits organizados por la derecha posfascista italiana, donde los militantes se identificaban con los pequeños seres de la Comarca para borrar el recuerdo de Mussolini y presentarse como marginados perseguidos por el sistema. Vox en España publicó imágenes de Aragorn enfrentándose a feministas y colectivos LGBTQ como si fueran las huestes de Mordor y sus voceros de camisa azul lanzan un único mantra: "Destruye,destruye,destruye"... Steve Bannon, el ideólogo del moderno Nerón de Mar a Lago, intentó canalizar a los jugadores de World of Warcraft —"varones blancos desarraigados con poder monstruoso", los llamó— hacia Breitbart News y la primera campaña de Trump.
El Tradicionalismo filosófico, esa doctrina que nada tiene que ver con la Tradición únanime pues es profundamente contrainiciática, que te mete en una misma bolsa de patatas fritas sal del kali yuga, una chapa de René Guenón y conservantes del Mahabharata, sostiene que vivimos en una era oscura provocada por la modernidad y que solo el derribo del orden actual puede restaurar una edad dorada de jerarquía, deber y sentido, encuentra en Tolkien su imagen más accesible. No olvides que el principe de la Tinieblas es un caballero. Ojito. Aleksandr Dugin, asesor de Putin y arquitecto ideológico del imperialismo ruso contemporáneo, es lector ferviente. Bannon también. Para ambos, la trilogía ofrece el arco perfecto: el mundo corrompido, el rey legítimo que regresa, el orden restaurado. Lo que queda fuera del arco es todo lo que Tolkien puso dentro: la duda, el sacrificio, el peso del anillo, la tentación permanente del poder, la sabiduría de quien lo rechaza. Vivimos en edificios enfermos, en un mundo sin oportunidades, con horizontes de ladrillo y mugre, y esta historia se vende muy bien a los jóvenes.
Los relatos de fantasía ofrecen un vocabulario maniqueo: bien contra mal, civilización contra oscuridad, el rey legítimo restaurando el orden frente al señor oscuro que lo ha corrompido. Es un vocabulario que admite cualquier contenido. La pregunta es siempre quién decide dónde está Mordor, quién nombra a los orcos, quién porta la corona legítima. Esa pregunta, en manos de hombres con mucho dinero y poca humildad, tiene respuestas que Tolkien habría reconocido con espanto.
Thiel, en una entrevista de 2023, remontó su fascinación por la inmortalidad a los elfos de Tolkien. "¿Por qué no podemos ser elfos?". Lleva años financiando investigación sobre longevidad y extensión de la vida. Tolkien tenía una respuesta elaborada durante décadas de mitología: en su cosmología, la mortalidad es el don que los dioses otorgan a los hombres para liberarlos del cansancio del tiempo. Los elfos, inmortales, cargan con el peso de todo lo que han visto y perdido. La inmortalidad es una forma de prisión luminosa. Saurón usaba precisamente el miedo a la muerte para atraer a los humanos hacia el lado oscuro con falsas promesas de vida eterna. Los convertía en siervos. En espectros. En jinetes sin rostro que habían ganado la eternidad a costa de perder todo lo que los hacía humanos.
Zuckerberg renombró Facebook como Meta, referencia al metaverso acuñado por Neal Stephenson en *Snow Crash*, novela que describía un futuro distópico donde el poder corporativo ha devorado las instituciones y un virus informático destruye las mentes de quienes se conectan. OpenAI llama Stargate a su nueva iniciativa de inteligencia artificial, tomando el nombre de una película donde un portal abre paso a un déspota alienígena que amenaza con destruir la Tierra. Los tecnócratas nombran sus proyectos con las advertencias de la ciencia ficción como si fueran promesas. Como si hubieran leído los títulos y saltado el contenido.
*El señor de los anillos* es, en su médula, una advertencia sobre el anillo. El anillo promete poder ilimitado. El anillo corrompe a quien lo porta, con independencia de sus intenciones. El único acto virtuoso, el único gesto que salva el mundo, es destruirlo. Arrojarlo al fuego. Renunciar.
Estos orcos, vestidos con las gasas de elfo, exhiben orgullosos su paquete ideologico en la entrepierna, allí donde se cuecen los más terribles odios y las más destructivas pasiones. Dicen ser cristianos pero sirven al evangelismo de corte sionista. Son Nabateos con la cara recién lavada con el agua de azahar que fumigan en los geriátricos
Pensaban que el Rey que habría de devolver la primavera al mundo había regresado. Musk incluso lo tuiteó. Pero este rey, como Enrique VIII, se está pudriendo en vida. Hiede sometido por el chancro y la lascivia. Monarca absoluto de un imperio en decadencia donde el cuarenta y cinco por ciento de la población es analfabeta funcional y apenas puede leer(nada de hobbits, trolls de las cavernas), se pavonea orgulloso como la mona Lisarda que fue a un concurso de belleza. Ante las caricias serviles eructa trilita. Es el Monte del Destino cebado por los productos del McColza.
Que no te engañen, joder...
Thiel y Musk y Vance y los mirmidones del orden negro llevan el anillo en el bolsillo y están convencidos de que esta vez, con ellos, será diferente.
Saurón también lo estaba.






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